En un panorama artístico donde abundan las estéticas predecibles y los discursos repetidos, la obra de Mar Mirabet —conocida como Madame Butterfly Bcn— resulta refrescante y inclasificable.
Y eso, hoy, es casi un acto de rebeldía.
Barcelona como punto de partida, el mundo como materia prima
Mar no parte de un estilo. Parte de una pregunta. De una incomodidad. De esa sensación de que hay algo en el mundo que merece ser mirado de otra manera y que, si nadie más lo hace, lo hará ella.
Su formación es la de una investigadora perpetua: siempre explorando nuevas técnicas, nuevos materiales, nuevas formas de decir lo que las palabras no alcanzan. El resultado es una obra ecléctica no por capricho sino por necesidad — porque su visión del mundo no cabe en un solo lenguaje visual.
La técnica al servicio del relato
Lo que distingue el trabajo de Madame Butterfly Bcn no es solo lo que se ve, sino cómo se construye lo que se ve.
Desde piezas de collage de factura impecable hasta pinturas de técnica mixta donde conviven capas de papel, piedras, pigmentos naturales y materiales reciclados, cada obra tiene una arquitectura propia. Una lógica interna que el espectador percibe antes de comprenderla del todo.
Porque Mar no hace series. Hace películas. Cada pieza es un relato autónomo, con su propio argumento y desenlace. Entrar en una de sus obras es entrar en un mundo que existe solo durante el tiempo que duras mirándola — y que, sin embargo, te acompaña mucho después.
Entre el pensamiento y el instinto
Hay una tensión productiva en su proceso creativo que ella misma describe con precisión quirúrgica:
«Pinto improvisando porque el resto del tiempo lo paso pensando.»
No es contradicción. Es método. La reflexión profunda como base, la improvisación como detonante. Un diálogo entre lo que la artista quiere decir y lo que la obra decide ser. En ese espacio intermedio — impredecible, vivo, honesto — es donde nace lo mejor de su trabajo.
Arte que no decora. Arte que interpela.
Mar Mirabet tiene una convicción que atraviesa toda su obra: el arte existe para azotar conciencias. Para generar el estremecimiento que solo produce aquello que toca algo verdadero. No busca la comodidad del espectador. Busca su atención plena, su reflexión, su vibración.
En un tiempo en que las imágenes se consumen y se olvidan en segundos, su propuesta es radicalmente distinta: arte que pide ser mirado despacio, que invita a cuestionarse, que deja huella.
Para descubrir su obra completa: